Corrían los años 50 cuando todavía por las casas alistanas se veían las cartillas de racionamiento y la escasez de muchas cosas básicas imperaban a la vista de todos en la mayor parte de las casas alistanas. En la mayor parte de las familias las prendas de vestir se confeccionaban con recursos propios, lana del ganado y lino cultivado en los linares después de un largo proceso de elaboración eran la materia prima para confeccionar la mayor parte de prendas de vestir tanto para mujeres como para hombres. Las “cholas” para el invierno y “albarcas”para el verano con recursos reciclados de calzados en desuso las hábiles manos de hombres y mujeres fabricaban el principal calzado y ropas para proteger la familia del frio en aquellos helados inviernos alistanos.
Las casas todas ellas con la cocina provista de chimenea para la lumbre era el principal refugio familiar principalmente en las noches de invierno donde se cobijaba toda la familia al amor de la lumbre. Muchas veces pienso que si las cocinas y las paredes hablaran, cuantas historias perdidas nos devolverían de cuantos se fueron y con ellos se las llevaron.
Los inviernos en aquellos años eran generalmente fríos y lluviosos, la lluvia persistente se prolongaba durante varios días seguidos provocando crecidas en ríos y arroyos que a veces dejaba aislados los pastores teniendo que pasar la noche en el campo a la intemperie. Las nevadas estaban presentes cada invierno persistiendo hasta 15 días, lo que obligaba a abrir paso por las calles para poder transitar personas y ganado.
En nuestro pueblo la luz eléctrica no llegó hasta enero de 1961, si mal no recuerdo junto con Tolilla y Fradellos fueron los tres últimos pueblos de Aliste sin alumbrado eléctrico. Hasta ese año el único alumbrado eran candiles de petróleo, aceite, faroles y en algunas casas podía haber algún candil de carburo. Generalmente, el candil se encendía en la cocina cuando la lumbre apagaba su llama y solamente quedaba el resplandor rojo de las brasas y siempre que fuera necesario para hacer alguna “gera”, como hilar u otros menesteres.
A falta de luz eléctrica, en nuestro pueblo se desconocía cualquier electrodoméstico eléctrico, siendo las radios los primeros aparatos eléctricos que se empezaron a comprar a partir de la llegada de la luz eléctrica, y en los próximos años e empezaron a instalar las primeras televisiones ya bien entrados los años 60, más tarde llegaron las cocinas de butano conocidas como la cocina económica.
La lumbre era la principal fuente de calor en todas las casas, aunque tampoco la leña sobraba en muchos pueblos. En aquellos años con familias numerosas en casi todas las casas era de obligación labrar todo el terreno, quedando solo de monte los riscos que apenas producían centeno, y principalmente la leña eran las jaras y escobas y la que salía de podar algún roble o fresno.
La calefacción en la escuela cada uno llevaba la suya, la maestra en su mesa camilla tenía un brasero de brasas, el cual, los muchachos eran los encargados de hacerlo a la hora del recreo que, apañando “porros” por las calles los quemábamos dentro del brasero hasta hacerse brasas que después de quitar todos los humeros se tapaban las brasas con ceniza. Los rapaces, cada uno llevábamos el nuestro de la misma manera, pero en un caldero del escabeche provistos de un asa de alambre de unos 60 centímetros de alta para evitar quemarse, en el cual poníamos los pies encima sin tocar las brasas, si éramos unos 30 rapaces y rapazas por que la escuela era mista, con 30 braseros o alguno menos por si alguno no llevaba había calefacción para mantener la escuela bien ambientada durante todo el día.
El lavado a mano en el arroyo, esto perduró hasta la década de los 80 que llegaron las primeras lavadoras y no a todas las casas. En invierno las mujeres en el arroyo debían romper el “carámbano” para poder lavar en aquel agua helada, de rrodillas en una banqueta de madera para protegerse del agua y refregando la ropa sobre una piedra impreganada con jabón casero hecho con sosa y desperdicios de grasa, a veces era necesario encender lumbre para calentar las “engariñidas” manos de las sufridas mujeres.
No todas las provincias o comarcas han tenido las mismas oportunidades para un desarrollo pleno. Algunas de ellas entre las que se encuentra la nuestra han mantenido y mantienen en la actualidad importantes limitaciones derivadas de un profundo olvido al que han estado sometidas durante ya muchas décadas y al día de hoy continúan estando, el cual nadie consideramos justo.
Malgrat de Mar, 10 de noviembre de 2018
Emilio
tierrasdealiste
sábado, 10 de noviembre de 2018
miércoles, 7 de noviembre de 2018
RECUERDOS DE UN PUEBLO
Y ya bien entrado el otoño en aquellos lejanos años en vísperas de San Martin cuando después de las primeras lluvias la facera tomaba un color verde bajo el tenue sol ya casi sin fuerzas bajo el alto cielo alistano en las serenas mañanas de suave escarcha y las gotas de rocío brillaban como perlas en las verdes hojas de la hierba surgida del otoño.
Las cubas del vino recién elaborado dejaba de cocer y se esperaba un día claro para taparlo y se ponía la espita para sacar las primeras jarras para acompañar los primeros calderos de castañas asadas.
El murmullo y los “ornidos” del tren dejaban una estela de humo bordeando la Sierra de la Culebra en las serenas mañanas, a veces el sonido de las campanas de algún pueblo cercano a lo lejos, nos recordaban la llamada al culto diario de los más devotos/as entre los que iba la criada del cura y no muchos más por tener que acudir a otros menesteres, “geras” diarias que ocupaban a las gentes de los pueblos de Aliste. En estos días de aquellos ya lejanos años empezaba el tiempo de las matanzas, después de todo un año, y en casi todas las casas con familias numerosas, las despensas ya habían quedado desalojadas, apenas si quedaba colgado algún “orejal” que estaba reservado para el día de la nueva matanza, y esto junto con algún hueso más y alguna “machorra” se hacía un consistente cocido para ese día.
Pan y pimientos de la reciente cosecha habían suplido a la escasez de las despensas. Un pimiento rojo, con un agujero y unas arenas de sal gorda eran un manjar para acompañar un trozo pan de la “guaza” desde que acababa el verano hasta que llegaba este tiempo en que las cocinas quedaban adornadas con las morcillas, los varales de las chorizas colgados del techo de la cocina, los butillos colgados al lado de la chimenea, los tocinos y jamones colgaban de las escarpias clavadas en la vigas para secarse al humo de las jaras que daban aquel gusto característico inigualable a las viandas de la matanza.
M e estoy refiriendo al pasado, pues de alguna manera yo esto lo veo como muy lejano después de ya casi medio siglo que salí de Aliste y, en estos cincuenta años apenas un par de ellos he vuelto a ver una cocina adornada como anteriormente he descrito, continúo pensando que muchos de los que esto leéis continuareis adornando las cocinas de la misma manera, pero sin tener que “rugir” el pimiento con las arenas de sal como yo recuerdo en aquellos años.
El día de la matanza era un gran trabajo tanto para las mujeres como para los hombres, también era como un día de fiesta, reunión de familias, el abuelo con la capa por encima los hombros ocupaba su sitio en el escaño contando sus “habituarios” de cuando era un rapá o sus aventuras y penurias en sus viajes a Cuba o Buenos Aires y que los rapaces apenas hacíamos caso a semejantes historias, también están presentes las conversaciones de nuestros padres contando el hambre, y el miedo durante la Guerra Civil, los años del contrabando, la ración y el hambre durante la posguerra. A parte de historias, anécdotas y otras, el juego de cartas y la tertulia acompañaba a los mayores en una velada que duraba hasta el filo de la media noche, mientras los rapaces y rapazas independientemente con una lumbre en el corral disfrutábamos con la “vejiga” la cual se acababa convirtiendo en zambomba. La no asistencia a la escuela el día de la matanza era considerado por el maestro/a como un día de de falta justificada.
Y vamos con el trabajo de este día. El día anterior los “cuchinos” se mantenían a dieta para que al día siguiente las tripas estuvieran lo más limpias posible, lo cual, provocaba que, los cuchinos acostumbrados a dos meses de abundante comida para la ceba armaban un gran revuelo en la corteja. La noche anterior a la matanza, denominada como “La pica de cebolla” ya se hacía una cena algo especial después de haber migado las Ogazas para las morcillas dejándolas en una caldera hasta el día siguiente A la mañana siguiente, y después de una reunión de los invitados en la cocina al amor de la lumbre para tomar unas pintas de agurdiente con pan torrado, empezaba la tarea con el “cohincar” de los cuchinos al sacarlos de la corteja con un gancho de hierro clavado en el hocico arrastrados hasta el banco donde tenía lugar el sacrificio, un matanchin certero era el encargado de hacerlo, las mujeres recogían la sangre en un caldero mientras la movían con el mango de la rueca para ser llevada a la caldera para hacer el mondongo para las morcillas. Una vez sacrificado el cerdo y chamuscado con pajas de centeno se habría en canal, la cual se lavaba con agua caliente y se añadía al mondongo de las morcillas junto con algún trozo de grasa y el azúcar correspondiente dejándolo reposar hasta la tarde, hora que se embutía en las tripas y más tarde serían entrecociadas en la caldera para luego colgarlas a secar. El cerdo una vez chamuscado y lavado era colgado de una viga en el “Astro” o en el portal donde se secaba hasta el día siguiente.
El lavado de tripas, este trabajo se hacía después de almorzar, eran llevadas a hombros en baños de madera hasta el rio buscando un sitio adecuado, siempre en una “gargallera” donde el agua bajaba con más fuerza y ayudaba a hacer mejor y más rápido el lavado, que una vez lavadas eran reservadas hasta la hora de hacer las chorizas.
Al día siguiente después de encender una buena lumbre en la cocina llegaba el Alcalde provisto de una romana para pesar los cerdos, y con arreglo al peso se debía pagar un tributo al Ayuntamiento, esto supongo era dependiendo del Ayuntamiento, pues en Ayuntamientos con pocos recursos se pagaba por esto para la subsistencia. Despues de tomar unas pintas de agurdiente con el alcalde y demás colaboradores se pesaban los cerdos y posterior despiece, separando tocino de jamones, espaldas y lomos y seleccionando la carne, de la cual se hacían dos clases de chorizas, unas las llamadas de “Bofes” las cuales eran las primeras que se comían cocidas o asadas en la lumbre, las de carne más buena se repartía entre chorizas y salchichón que se guardaban para el resto del año. La carne era adobada en baños de madera, principalmente los ingredientes eran: Sal, ajo y pimentón de la Vera el cual se dejaba durante 24 horas como mínimo antes de embutir en tripa, antes de embutir se hacia la prueba, en una sartén en la lumbre los “jijos” fritos para ver cómo estaban de sazonados, si tiraban a soso se le ponía un poco más de sal, aunque las expertas mujeres sabían equilibrar bien los ingredientes.
Una vez embutido se dejaban secar en la cocina al mismo tiempo que tomaban el humo para al cabo de unos días retirarlos la despensa donde permanecían. Igualmente los lomos se embutían en las tripas culares igual que lo comentado con las chorizas. Los tocinos se dejaban con sal por el espacio de tres semanas, una vez trascurrido este tiempo eran colgados en la cocina por el espacio de uno o dos meses para luego retirarlos a la despensa. Los jamones y espaldas permanecían por más tiempo de sal y se dejaban más tiempo en la cocina.
Los “guesos” de la cabeza, costillas espinazo igualmente se ponían en sal, estos por no más de una semana o 10 días, luego se dejaban colgados en la cocina, los cuales se cocían para acompañar aquellos caldos de berzas que comíamos de una misma cazuela al humor de la lumbre en aquellos gélidos inviernos.
Los mantos de la manteca eran derretidos en una caldera grande hasta quedar convertida en líquido, y luego guardada en ollas de barro para el condimento de la comida. Al deshacer la manteca de ponían rebanadas de pan en la caldera donde quedaban bien pringadas y luego con azúcar espolvoreada por encima.
Otro manjar, los Torrejones o turriones. Una vez la manteca en las ollas, quedaban los chicharrones, a estos se le añadía pan migado y azúcar al gusto, eran los torrejones o turriones, eran guardados en un “escriño” se podían comer calientes o fríos, a mi particularmente me gustaban calientes en la sartén y comidos con una cuchara, una comida de valor energético muy alto por la grasa y el azúcar.
Otro manjar: Las Febres o Hebras, lo que hoy denominamos “secretos” asados en la lumbre con sal gorda, recuerdo un gusto exquisito inigualable a las del día de hoy.
Y esto, son los recuerdos que yo guardo de un pueblo de la matanza, la cual era uno de los días más esperados del año en aquella época que nos tocó vivir.
Emilo, 7 de noviembre de 2018.
Emilo, 7 de noviembre de 2018.
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